Cero


Acabo de llegar de un concierto al que he asistido solo para oír esa canción en directo. Pasa que cuando hace unos meses me enteré, por casualidad, que ese cantautor llegaba desde España a Lima, de inmediato compré el boleto por Internet. Es que es nuestra canción, así tú no te hayas dado por enterada aún. Corrijo: es nuestra nueva canción. Lo raro es que no sea de Silvio, Charly o Calamaro.     

Hoy con esa cerró el concierto. Acabó y me fui. Quería escribirte, lo tuve en mente todo el recital,  y por eso esperaba que suene esa canción para pedir mi taxi e irme.  

Y ya estoy aquí. Entonces, en medio del silencio me sirvo un trago, extraigo ese libro, leo un texto de Lucho Hernández y todo empieza de vuelta. Ahora es que creo que él y yo nos parecemos en algo: escribimos cartas de amor y no nos preocupa lo básicos que podrían parecer los lugares comunes en los que te hacen encallar las palabras que aluden a ese sentimiento.   

Ah, también citamos canciones y usamos partes de ellas. En inglés, en su mayoría.

Y decimos “te quiero” sin despeinarnos y sin preocuparnos si eso le pudiese restar altura a nuestra escritura.

Que igualado me sentí en eso último, la puta madre.  

Es todo como lo hablamos muchas veces: es difícil escribir “en simple”.

Pero, claro, en nuestro caso es distinto: Betty perdió a Lucho, a ella se le fue quien le escribió las cosas más hermosas que he leído del amor. Y yo te he perdido a ti, pero sigo escribiendo puntual estas estúpidas cartas urgentes que siempre lees y nunca respondes.   

En otras noticias, JM—que escribe estupendo y no necesitaría plegarse a ninguna  oleada de rabia—ha compartido ese artículo infestado de rencor con el que intentan bajarlo del pedestal al estupendo escritor Karl Ove Knausgard. Alguien me dice que la actitud de JM se explica en su tendencia izquierdista y en su total insatisfacción con el sistema y con todo. Y, aunque no muy convencido, he oído esa teoría. Luego la he analizado y sigue sin cerrarme del todo.  

E inevitablemente he recordado esa escatológica frase que oímos en una olvidable película argentina: “El éxito es como el pedo: si no es propio, molesta”

Igual estoy pensando que ya no queda bien que siga diciendo que amo como escribe Knausgard. Hoy, más bien, queda perfecto decir que no puede ser que un supuesto gran escritor escriba 3,500 hojas y nadie recuerde una sola gran cita entre el medio millón de frases que ha escrito el noruego en su popular saga.  

Lo seguiré diciendo, lo sabes. Es más, me encanta la idea que todos se desencanten y solo me guste a mí.        

Y, no pues, no recuerdo una gran frase. No al menos en los tres tomos que compré de la saga. Hay felices descripciones, eso sí. Yo digo que me gusta el lugar de observación en el que se ubica y lo efectivo que puede ser en el aporte de detalles relevantes a sus textos. Y eso lo puedo defender ante quien sea. Por cierto, a ti no te gusta Knausgard, lo intuyo. Tu tiempo lo veo mejor ocupado con Westphalen, a veces con Cisneros o Eielson. La poesía es lo tuyo. Y la pintura, como no. Llegado el caso, preferirías mil veces oír a Spinetta que leer a Karl, lo sé. Encerrada en ese al que denominas tu mundo rizomático eres feliz, lo viví. 

Pero hagamos algo: asumamos esta noche como especial. Dale, engánchate. Ahora sal de tu cuarto, abre un vino de ese español que te gusta, lee algo de Lucho y vuélvete a preguntar qué haces tú allá y yo aquí. Y vuelve a leer mis cartas, pero no llores. Piensa que tampoco estamos tan lejos, mientras repitamos el ejercicio de siempre: yo escribo, tú lees.        


Dondequiera que estés


—A lo mejor, deberías contemplar la posibilidad que vuelva a casa—dijo el médico. 

—No—respondí mirando al suelo.

Estaba desolado. Buscaba inútilmente el arrancarle una esperanza al señor vestido de blanco que tenía en frente. Enseguida, lloré bajito como tratando de no hacer ruido y luego sequé mis ojos con la parte inferior del polo que llevaba puesto. 

—Ha empezado a irse, ahora sí —siguió diciendo el médico, mientras sentía las yemas de sus dedos apretarme el brazo derecho. 

Sin mediar palabra, abandoné ese consultorio y caminé por el pasillo hasta el salón donde esperaba mi familia. En esos pocos minutos hasta llegar, pensé lo contradictoria que es la vida pues era, justamente, yo—el primer nieto de entre siete hermanos y primer sobrino de mis tíos—quien debía llevarles la peor noticia de todas. Cuando fue mi nacimiento, dicen ellos,  la mejor noticia que pudieron recibir.    

En esos segundos, caí en la cuenta que nunca antes me encontré en una circunstancia siquiera parecida. Pensé de todo, desde cosas que me servían hasta las más tontas (o, quien sabe, realistas) como que luego de las lágrimas, tal vez, algunos de esos siete personajes iban a pelearse por apresurar la división de los inmuebles y muebles de mi abuelo. Entonces pensé que si existía un Dios—que dicen que todo lo decide—ojalá y se pudiese enterar que yo no esperaba recibir ni siquiera el botón de su camisa más olvidada. Yo, en cambio, solo pedía verlo fuerte diciéndome por muchos años más cosas como que nunca presuma de las cosas materiales que pudiese obtener, sino de los conocimientos que haya adquirido y, claro, su infaltable consejo que me alimentara sano y dentro de un horario que sea inamovible, porque el trabajo intelectual requería estar siempre bien alimentado. 

Retrocedo a mi zigzagueante vida de los diecinueve años, me ubico en ese momento y me envuelve una súbita desconexión del presente. Esa tarde almorzamos juntos. Casi siempre procuraba que coincidan mis labores de practicante explotado para poder llegar y conversar un rato con él. Le llevé una bolsa de caramelos de limón y, como siempre, él  se iba y metía sus caramelos preferidos en el primer cajón de su mesita de noche. En eso, salió y me retó a alzar un inmenso saco de arroz que no sé quién había puesto en la sala. —Levántalo, hijo, dale —me dijo. Lo intenté y no pude ni moverlo. —No es fuerza, es maña—como todo en la vida, aprende—siguió diciendo mientras ya el saco de arroz lucía encima de sus hombros.

Esa tarde lo noté más elegante que de costumbre y olía a su clásico perfume “amaderado” que usaba solo para ocasiones especiales. Lo vi y pensé que mi vestir no era tan distinguido puesto a su lado. Llevaba una impecable camisa blanca que yo le había regalado alguna vez en el día del padre, pantalón azul y en la mano una chompa delgadita también azul y de rayas horizontales plomas. Dijo que se iba a una reunión con sus excompañeros de trabajo de la fábrica de vidrios donde prestó servicios por casi treinta años. Estaba contento. Sin dejar de mirarlo, sonreí y saqué un billete que no me quiso recibir.  Guárdalo para tu título—dijo mientras cerraba la puerta al irse.   

Vuelvo.

Seguí caminando y ya les podía escuchar las voces. Estaban todos. Hijos, nietos y hasta bisnietos. Cuando llegué al final del pasillo y doblé a la derecha no sé de donde saqué fuerzas y les comuniqué que esa misma noche me llevaba al abuelo de vuelta a casa. Que él me lo había pedido y que, además, su médico recomendaba eso. Les dije que nadie debía llorar porque el abuelo estaba lúcido y que para malos ratos ya había tenido  suficientes al haber sido trasladado de tantas Clínicas. Nadie respondió nada y solo atinaron a asentir con la cabeza. Solo mi madre abandonó el salón. Después, me asomé por la ventana y la pude ver abajo en la calle tomándose la cabeza llorando. Yo seguía fuerte.

Regreso al pasado otra vez.

Esa noche estábamos, ahora sí, todos muy elegantes. Mi abuelo con un saco negro, camisa blanca, corbata de seda y unos zapatos que parecían de charol de tanto que brillaban. Salí desde donde estaba con mis pares sólo para ver si ya había llegado. Estaba con mi toga, me estaba graduando en un espléndido salón de un lindo hotel. Lo vi y nos abrazamos fuerte. Me miraba con cara de orgullo y yo estaba feliz de regalarle ese momento a sus ojos.  
   
—Abuelo, cuando me llamen al estrado vas a escuchar bien lo que se diga, ¿ok?—le dije antes de volver con los otros graduandos.

Cuando me llamaron, y mientras caminaba, lo buscaba entre la gente y le pude ver esa inmensa sonrisa con la que me gusta recordarlo. “Porque tú me enseñaste a hacerlo todo con amor. Para ti, querido abuelo, es esta meta cumplida”, fueron algunas de las palabras que dijo el animador mientras oficialmente me graduaba en la carrera de Derecho y Ciencias Políticas.  Al salir, nos fuimos a un restaurante de parrillas a celebrar con mi familia. Él, como siempre, ocupaba la silla del extremo derecho y yo a su lado intentando seguirlo en su agudo sentido del humor. En un momento de la noche, se fue a los servicios higiénicos y tardaba en volver. Lo busqué con la mirada en el pasadizo que conducía a ellos y ahí lo pude ver haciéndome señas para que me acerque. Me paré y me dirigí a darle el encuentro, llegué y lo vi con los ojos llenos. Entonces, sacó una especie de pañuelo de seda el que doblado parecía llevar algo dentro. Lo abrió y era un lapicero hermoso. Brillaba muchísimo y nos podíamos ver reflejados en el mismo.

—Salgo más cabezón en ese maldito reflejo—le dije y nos reímos de eso.

—Este te va a servir de mucho, hijo. Estoy tan orgulloso de ti—me dijo entregándomelo.

Lo organicé todo. Con uno de mis tíos fuimos a contratar el servicio de enfermera y equipamiento clínico por veinticuatro horas, pero ya para su habitación. Mi abuelo desde que fue internado en su primera Clínica nunca más se pudo poner de pie. Otros de mis tíos fueron a acomodar todo en la casa para su regreso. A mi madre y a mi tía les pedí que se calmaran y que lleven comida porque todos íbamos a comer felices frente a él.

Con la puta pena adentro, pero juntos y con fe.

A mi abuelo, la medicina le dio tres meses de vida. Nuestra fe le regaló nueve meses más. Duró un año. Y fuimos felices, muy felices, y no nos amilanó ni siquiera el deterioro que el cáncer iba causando en él. Una madrugada, como otras tantas, me llamaron para decirme que se había puesto muy mal y que llegue pronto. No tuve duda que esa era la noche y me fui en el taxi pensando que el momento de despedirnos había llegado. Entré, lo vi y él apenas y pudo fijar su mirada en mí. Lo levanté con una inusual brusquedad y todos me miraron raro. Cuando lo tuve entre mis brazos ya había llegado el médico. El último movimiento que hizo mi abuelo fue recostarse en mi pecho para dormir para siempre. Todos quedamos en silencio. Entonces lo eché en la cama y salí de la casa. 

A solas, juro que me quebré como nunca antes. Casi como cuando termino estas líneas. 

Y, como siempre, tuviste razón: porque ahora que no tuve fuerzas para seguir, apareció esa mágica maña de la que tanto me hablaste para ayudarme a terminar de escribir estas líneas que espero puedas leer dondequiera que estés.

Esperando nada


Conociéndola me estaba conociendo a mí. Eso lo tuve claro a los cinco minutos de alternar con ella en la barra de ese bar. Por eso, tiempo después, no me sorprendería su singular forma de querer: siempre con el radar prendido e invariablemente en estado de alerta por si alguna mejor presa se dejaba avistar en el bosque de su vida. Y más me vi reflejado en ella, cuando caí en la cuenta que siempre mantenía el freno de mano a la vista. Así igualito era yo. Quizás por eso le tuve mucho miedo. Y ,tal vez, a eso se debió que aunque reconozco que me volteó la cabeza como a una media igual le temí y me fui. Es que si bien me adoro, no iniciaría nada conmigo mismo. Ni hablar.

Y tú eras yo.

Lo único que hice mal fue irme pronto. Eso, en serio, lo asumo como un grave error. Fue como ir al mejor bar a beber una sola copa de algún delicioso licor y luego tener que forzosamente partir. Es que, en suma, yo no sabía que me dejaría con el diente picado. Queriendo más de ella.

Lo bueno, o malo, según sea el caso, es que en la actualidad ni yo soy el eterno aspirante a escritor, ni ella la escurridiza mujercita de ese entonces. O, bueno, al menos ahora ya soy la mejor tentativa de escritor que desconoce mi ciudad. E intuyo que ella la misma mujer inconforme de siempre. Y la genial de nunca.

Ayer la volví a ver. Y todo fue una inquietante sucesión de flashbacks: cuando ella hablaba de su actualidad, o sea, de sí misma, parecía también relatar nuestros tiempos. Esos en los que ella decía estar  interesada “a su manera” en mí y yo, por mi parte, lucía temeroso de complicarme la vida con una chica tan parecida a mí. Con algunos años menos, claro.  

Nerviosa. Eso se notaba en sus mejillas, las que todo el tiempo lucieron de un color cercano al rosáceo intenso. Como si la sangre le estaría fluyendo en furiosas idas y venidas y esto se exteriorizara ante mis ojos en su rostro. Como si pasara por emociones muy similares, o iguales, a irrefrenables orgasmos seguidos. ¿Y Yo? Yo, más bien, estaba muy tranquilo.

Ella se pasó la noche contando su poca suerte en el amor. Incidiendo en todo lo malo de aquellos muchos chicos que se interesan en ella. Y todas esas debilidades eran mis fortalezas, qué casualidad. Lo cierto, es que no me dejé manipular y conté muy fresco pasajes de algunas aventuras con todas esas chicas que, sospecho, ella nunca pensó que había tenido.  

Ella llenaba los silencios con cualquier palabra. Eso confieso que me gustó. En una parte de la noche dijo: “Yo no le doy mi número de teléfono a quien he conocido en un bar o discoteca. Ni loca”. A mí sí me lo diste, le dije. Sonrojada quedó. Luego dijo: “No llamo nunca a quien me gusta, parecería muy interesada y de eso no se tiene que dar cuenta el hombre”. Me llamabas siempre. Cuando sentías miedo, cuando estabas feliz, cuando te embriagabas, cuando oías una canción que querías recomendarme y también algunas madrugadas donde perturbada me pedías que no me enamorara porque tú no querías a nadie, así le dije. Ella me oyó y por unos segundos cerró los labios sin decir nada. 

—Igual tantas llamadas pudieron deberse a que ambos teníamos llamadas ilimitadas—le dije buscando bajar la intensidad del momento. Aún más roja dijo: “Debió  ser por eso”. Luego nos reímos con la misma intensidad.

Al final de cuentas, no entiendo para qué volvimos a juntarnos. Debe ser por eso que no le puse muchas ganas al reencuentro. Pero fui, que no es poco. Es más, esa  noche de martes deseé tanto que me dijera que se suspendía todo.  Pero no. Ella ya tenía todo listo.

Estuvimos cinco horas que pasaron muy rápido. Y no me da la gana de saber si eso fue un buen, o mal, síntoma. Lo real, es que sigo sin entender que esperaba ella que ocurra.

Sus penúltimas palabras tomaron forma de preguntas: “¿Y qué es una cita?, ¿Cuándo se puede decir que es una cita?” Como me tomó por sorpresa, solo me salió decir: “Cita es, creo, la de un sábado por la noche, cuando te vistes linda y antes pasas por el salón de belleza para que te pongan más hermosa de lo que ya eres” Otra vez nos reímos. No te pierdas, le dije. Nunca me pierdo, me dijo. Hemos aparecido como milagro de Navidad, tampoco te creas que fue por cualquiera cosa, dijo sonriente mientras subía a su auto.

Caminé un poco, encendí un cigarro y abordé un taxi pensando en dos cosas: en si no pudimos evitar profanar al muerto de nuestra historia y en que debo escribir de ella. Y finalizar el relato con lo siguiente:"Hice lo que siempre pediste y nunca quise: escribí de ti. Desde la nada a la nada. Y lo hice, porque creo que, tal vez, eso sí merezcas y ya no mi amor". 

Ya está. Deuda saldada.  
     

No cuentes conmigo


Tengo suficiente con parecer medio puta como para, además, ser fácil. Es lo que acaba de cruzar por mi mente.  También pienso que  me pasan demasiadas cosas.

Lo bueno, es que las escribo casi todas.

No uso skype. No me interesa usarlo. Aunque, ahora que lo pienso, hay una razón que en estos días parece tentarme: un ex, que vive afuera, insiste en que instale ese programa. Asegura, el muy fresco, que podríamos juguetear durante la madrugada. Pero no atraco. Igual, y seamos claras, el wi-fi no traslada sensaciones, roces y mucho menos fluidos. 

Ahora bien, mi reciente experiencia con el whatsapp es también extraña. Es bien directo todo ahí. ¿O solo son así conmigo? En fin, el punto es que algunos se valen de esa inmediatez para intentar activarme en todos los sentidos posibles. Entonces, el resultado es que mi archivo de fotos y vídeos es casi un sitio pornográfico de mediano presupuesto. Lo raro, es que con los chicos con los que he tenido algún tipo de intimidad casi no hablo por esa vía. En cambio, con los que recién conozco—como los del trabajo con quienes anda aún efervescente el tema de la tensión sexual—si hablo muchísimo por ahí y de puras huevadas nomás. Todos esperan la salida ganadora. No saben que tengo códigos y que jamas saldría con un compañero de trabajo. Jamás. Ni borracha y necesitada.

En ese caso: I touch myself, como la canción.  

Es que tampoco soy promiscua, ni hablar. 

Otra cosa: ninguna mujer me habla. Ni mis supuestas amigas. Me odian todas, carajo. E intuyo que se rompen la cabeza queriendo encontrar la razón del por qué me pasan esas cosas a mí y no a ellas. Estoy segura que piensan que no merezco mi suerte. Pobres huevonas. Si justamente están solas porque gastan tiempo tratando de explicarse que tiene otra (en este caso yo), en lugar de reparar en que tienen ellas de interesante.

El hombre es un mundo, claro. Pero no todo mi mundo, pues.     

La otra noche, me escribió “D” el gordito “cabeza de tapper” de la facultad. Era para invitarme a la presentación de un nuevo libro suyo. No lo veo siglos de siglos y apenas sé que vive en Europa. Y que es, digamos, un escritor respetado. En mi caso, y  si me esfuerzo en los recuerdos, lo tengo como un chico más bien limitado, terco y algo agresivo. No he leído ni media línea de lo que escribe. Igual sospecho que no me pierdo de mucho.

“El after party es nuestro, Zoé”— me dijo el muy pendejo por inbox de facebook

No iré, que se joda.  

El punto es que me pasa cada cosa. Ahora ha aparecido un chico raro, pero primero debo contar como lo conocí….  Hace algunos meses uno de mis ex’s me citó en un lindo restaurante para decirme “algo muy importante e impostergable” y entre muchos chilcanos dijo que partía a España a hacer una Maestría. Y muy mal, porque yo que pensaba que me citaba para decirme que me extrañaba y que vayamos a tirar como nunca antes.

Es que tampoco era uno más. Él se mantiene como la única foto en pareja que figura en mi Facebook. Estuve muy enamorada de él, ni negarlo.   

Entre molesta e incómoda tuve que aceptar que igual ya estábamos ahí. Cambié de cara  y hasta un tibio beso nos dimos mientras celebrábamos. En eso, dijo que solo nos enteraríamos su mejor amigo y yo de su viaje. Agregando que el individuo estaba llegando al lugar a darnos el encuentro. Y confieso que lo odié tanto sin aún conocerlo, pues yo me hacía encima de mi ex cabalgándolo en algún cercano hotel. 

Pasados unos minutos, el chico llegó, bebimos muchísimo y todo bien. Él, tan guapo y culto terminó opacando a mi ex. Tanto que se convirtió en el centro de mi atención y mis crecientes deseos, ya poco furtivos a causa del alcohol. Y se dio cuenta, creo. Por eso, es que muy amable se ofreció a llevarme de vuelta a casa. En ese segundo, la cara de mi ex lo dijo todo, pero igual me fui con el amigo. Quien en la puerta de casa, al despedirse, amagó besarme. Lo que con mucha cautela y elegancia evité que ocurriera. Pretexté, para disculparlo, cada uno de sus zarpazos entendiendo nuestro lastimoso estado.

El punto es que todo debió quedar ahí, así parecía al menos. Pero no. Mi ex llegó a su alejado destino y pienso que, de lo molesto que estaba, solo me comunicó su normal arribo a Europa. Nunca me habló más. Del amigo no supe nada en dos semanas. Pero confieso que me acordé de él y de ese grueso—y excitante—bulto que se formaba ahí cuando estaba sentado manejando.     

De pronto, una noche timbró el celular como a las tres de la mañana de un martes cualquiera. Era él. Medio dormida—o dormida y medio—lo pude oír pidiéndome consejos sobre un tema laboral que ni entendí bien. Lo que dije, estoy segura, fue para salir del paso y nada más.   

Ya a la mañana siguiente vi su solicitud de amistad en facebook y varios mensajes suyos en whatsapp. Pasaron días y, como quien no quiere la cosa, ya no éramos extraños: yo le decía “cariño” y el “queridita”. En eso, salí de viaje por trabajo y no tuve tiempo de contactarlo durante esos días; ya a mi vuelta dijo haberme extrañado. No supe que decir ante eso, la verdad.

Yo no extraño a nadie. Extraño momentos, eso sí. Personas casi nunca.

Extraño olores. 

O escribir, por ejemplo. Eso sí.    
   
El punto es que cada experiencia me lleva a que amo escribir y creo que esto se da, entre otras tantas razones, porque me permite no estar rodeada de nadie y solo conmigo misma.

¿Disfrutarme, se entiende?

Fumarme un pucho con mis adentros. Hurgar en mis laberintos y perderme en ellos si me da la gana. Intentar, una vez más, entenderme y cagarme de risa cuando no lo consigo.

Otra cosa, detesto hablar por teléfono. Todos se quejan que cuando me llaman al minuto ya les estoy colgando. Es raro porque puedo oír, como ahora que escribo, miles de veces la misma canción, pero veo tan insufrible comunicarme por teléfono.    

Por eso, y volviendo al chico este, cuando él cree que es muy impersonal escribirme por whatsapp y prefiere llamarme yo lo siento como una sentencia de muerte. No lo soporto y lo nota. Hoy me lo ha dicho.

— Cuando te llamo, parece que se acaba la magia y no tenemos nada que hablar. Me jode porque me pareces una chica estupenda, hace tiempo que no me interesaba tanto alguien—me dijo.
— Hablar en horas de trabajo nunca va a ser lo ideal—le dije.
— Debe ser eso, ¿te llamo después ya?

Y mentí. Porque no solo no me gusta hablar por teléfono, sino que no me gusta que me obliguen a lo que no quiero hacer. Él me parece una chico espléndido y solo le podría objetar que es algo intenso a veces. Quiere salir seguido. Yo no. Esa idea, en todos los casos, siempre tiene que partir de mí.  Nunca al vesre.  Y no es que me sienta tan importante, ah. Ni hablar. Para desechar esa idea debería decir que el chico que me gusta me ha dejado desairada ya tres veces esta semana.

Esperen, está llamando el denso. Voy a inventar algo para colgar pronto. 


Tantas veces yo.


Esto de ser un patán ya me está cansando. Es un duro peso como para llevarlo puesto todos los días. Siento que me quiero tan poco y que lo que hago es apenas el inútil  intento de mitigar mi soledad acompañándola de caricias y besos que casi no siento.    

Engaño y me engaño. Soy una mierda.

Quizás debería decidir no ver a nadie que no me interese y ser menos huevón con las que me encantan. Vamos, de una buena puta vez, decidir algo y mantenerlo sin esfuerzo. Ahora mismo, se me ocurre encerrarme en mi departamento por algunos meses a terminar mi novela. O sea, salir a trabajar, llegar a casa y escribir mientras bebo decenas de chilcanos por horas. Eso me sirvió alguna vez, lo recuerdo bien. Pero eso ya lo voy a planear mejor. Lo que sí, es que no quiero cagar a nadie, ni ver a quienes me cagarían a mí.

Hablo de mujeres, queda claro, ¿no?     

Por lo pronto, es de noche y estoy invitado por un prestigioso escritor a la presentación de un nuevo libro suyo en una librería que no conozco, pero que pinta como muy linda. O, al menos, eso dicen las fotos que estoy viendo en su Facebook.

Llegué.

Ingreso a  la sala de presentaciones y la veo abarrotada de gente. E igual muy rápido uno de los mozos me entrega un chilcano. En este segundo, pienso que tal diligente acto, tal vez, podría responder a que visto y tengo aspecto de escritor o a que parezco el típico borracho afanoso de todas las presentaciones. O a ambas.

Soy borracho y escribo. Primero lo segundo, por favor.

Por el whatsapp, Jimena, sí Jimena, aquella que escribe casi mejor que yo, es guapísima y desistió de seguir viéndome a pesar que tuvimos una primera grandiosa salida, insiste preguntándome si me han invitado y si asistiré. Le digo que ya estoy aquí. Me dice que está a cinco minutos y que le reserve un lugar para sentarse. Pero no hay lugar, todas las sillas están ocupadas.  

Segundo Chilcano.

Me acabo de encontrar con el escritor y nos estamos abrazando efusivamente. Lo envidio un poco, la verdad, y lo hago con la única envidia que existe: la insana. Pienso que mi talento es mayor, pero que sus ganas lo dotan de un aplomo del que creo carecer. Y digo aplomo queriendo decir huevos, creo que se entiende. Me pregunta, en medio de mucha gente, que cuando voy a  publicar y presentar un libro. Dice que ya me toca. En eso, he cerrado los labios, lo observo un segundo y respondo que en un año debe de estar terminada alguna de las tres novelas inconclusas que tengo o que, en su defecto, voy a compilar una decena de mis mejores cuentos y voy a publicar algo para mandar al carajo a todos los que se preguntan cómo se es escritor sin haber publicado nada. 

O para darles en la yema del gusto. 

Pero sigo siendo la más brillante tentativa inacabada de escritor que desconoce el país, terminé diciendo en medio de una creciente risa general.

—Este huevón escribe como nadie—irrumpió Jimena.     
              
Tercer Chilcano.

Hasta esta noche de Jimena, ciertamente, solo tuve noticias por su Facebook. La vi en fotos en Cancún, Las Vegas, Chincha y en muchos otros lugares. Siempre, como era de esperarse, con el idiota de su novio. Bobo al que conoció a la par que a mí, en la misma semana. A él en su trabajo y a mí en un círculo de escritores. La diferencia es que él inmediatamente decidió enamorarla y yo, que llevaba cierta ventaja en el interés de Jimena, suspendí nuestra primera cita media hora antes del encuentro por salir con Mariana, solo porque con ella tenía asegurada una estupenda sesión amatoria.

Odiaba los recorridos largos. Ya no tanto. 

La abrazo a Jimena al tiempo que le digo en voz bajita que está muy rica. No ha llegado sola, vino con Sara a quien me presenta como su mejor amiga. La veo y lejos de impactarme me ha parecido que con su presencia mis casi nulas posibilidades de terminar horizontal con Jimena se han esfumado sin remedio. Igual soy amable y trato de parecer gracioso con los comentarios que hago. El pequeño círculo que formamos los escritores en medio del recinto, y Sara, se están riendo de mis capacidades humorísticas.

Jimena, les comunico, es “ella” desde este punto del relato en adelante. Ella, me mira orgullosa, lo sé. No me lo dice, pero lo leo en el gesto que se dibuja en su rostro. Intuyo que piensa que mi seguridad la hace quedar demasiado bien ante Sara.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, se escucha por los parlantes. Es Calamaro. 

Este es el único cojudo que la primera vez que te dice para salir te suspende la cita veinte minutos antes, le dijo eufórica ella a Sara, mientras me miraba con un gesto entre jocoso y malvado.

Terminó todo. Quedamos solo ella, Sara y algunos familiares del escritor. No le he comprado el libro, ya después lo leeré en pdf. Yo solo pago por grandes obras. Ella, competitiva como toda mujer, acaba de comentarle a Sara—a modo de verdad disfrazada de broma—que estoy intentando llamar su atención. Igual el tiro le salió por la culata: la amiga, después de escuchar esto, me ha mirado con mayor interés. 

Estamos parados en la puerta de la librería y acabamos de decidir que iremos por unos cuantos tragos más. Solo unos pocos más, dijo ella. Y como hay restaurantes para toda ocasión, pues también hay bares para distintos propósitos. E inmediatamente supe donde debíamos ir. El lugar elegido, me aseguraba tres puntos fundamentales para esa noche: buenos tragos, deliciosas pequeñas porciones de comida y cercanía a la puerta para poder salir a fumar. 

Cuarto Chilcano.

Hablamos por turnos de nuestras vidas, de la suya en común (llevan de conocerse una docena de años) de lo poco que vivimos ella y yo—o sea, una primera salida suspendida y una primera espléndida salida—y de Literatura. Sara, quien confiesa no ser una lectora compulsiva y mucho menos haber escrito alguna vez, es inteligente y se cuida de no opinar sobre lo que no conoce. Ella, por su parte,  es redundante en aquello de elogiar mi escritura. Yo hago lo mismo. Y soy sincero, jamás le regalo un halago a nadie.  

Casi no reviso mi celular, lo siento como una gruesa falta de respeto. Sara tampoco lo hace y anda muy interesada en conocerme más. Noto que mis historias, a pesar de mi voz de borracho ansioso, le gustan. La veo y en silencio pienso que hace apenas medio año, en la misma situación, ya hubiese actuado. Ella, sin razón, se ha alterado un poco porque una chica—a la que juro que no conozco y es solo una lectora de mi blog literario—está insistiendo en preguntarme si voy a ir a un concierto al que nunca pensé asistir. La casi desconocida me reitera que ya está ahí. Me importa un carajo, acabo de pensar.  

—Dame para escribirle que no te joda—dijo ella.   

Me sorprendí mucho de esa actitud. Sara igual. Ahora se han ido al baño juntas y yo, por fin, puedo salir a fumar. Al volver, ella me ha recriminado haber abandonado la mesa. Le dije que salí unos minutos a fumar. Hubiese querido acompañarte y fumar juntos, me dijo ya más calmada.

Minutos después, Sara parte al baño e inmediatamente ella me pregunta si su amiga me gusta. Le digo que no. No la dejo de mirar y noto un cierto alivio. A ella sí, como ya te diste cuenta, me acaba de decir. No le he respondido.

Quinto Chilcano.

A ella, los tragos la andan precipitando a decir muchas verdades espontáneas. Me ha pedido ya dos veces, ante la atenta mirada de Sara, que huela su cuello; al tiempo que asegura que su perfume—entremezclado con su bronceada piel—despide un exquisito olor. Lo hice pero muy incómodo y he alucinado que olía a nosotros desnudos mientras bebíamos, fumábamos después de hacerlo desenfrenadamente.       

Ahora Sara se ha ido, otra vez, al baño y nos hemos quedado ella y yo ebrios de alcohol, recuerdos y un gusto que no ha querido irse. Nos hemos mirado con miedo de nosotros mismos. No he tomado la iniciativa. No lo siento justo para mis circunstancias actuales y mucho menos para ella que tiene muchos planes con su chico. Nos hemos casi olido mientras nos hablábamos muy cerca. Igual sabemos que nadie va a mover medio pie para que algo suceda. A este punto, siento que, efectivamente, nos tenemos un lindoy muy excitantepavor. Y que ella preferiría que bese y me quede para siempre con Sara y que, por fin, pueda tener una razón para no pensarme. Siento, además, que prefiero seguir como estoy, ya sin buscar agradarle a nadie. Luego, en medio de un rapto de lucidez, me ha pedido que le averigüe la dirección y teléfono de mi psicoanalista porque le preocupa no saber manejar algunas situaciones. 

El momento tenso se ha instalado.

Nos veo e intuyo lo que podemos estar pensando los tres: Sara piensa que fue buenísima idea la de acompañar a su intelectual amiga a una de esos eventos a los que creyó tan aburridos, Ella, por su parte, piensa que soy una deuda pendiente, me escucha y destruye mentalmente a su chico; cree (erróneamente) que es lo mejor del mundo salir con un escritor y yo estoy pensando en lo lindo que es ser consecuente sin esfuerzo.

Ella ha aplicado a unos estudios de narrativa avanzada y, como todo indicaría que yo podría correr la misma suerte, me ha pedido que estudie la posibilidad de tentar ingresar. No lo pienso hacer. Sara, la amiga, me ha mandado la solicitud  de amistad por Facebook. He visto sus fotos, pero no la he aceptado.

No cometas el crimen varón si no vas a cumplir la condena, reza la letra de mi canción preferida.      


Tortuga


“Pareciera que uno aprende a decir las cosas cuando esto ya no sirve para nada”, en que olvidable párrafo habremos leído ese lugar común. Lo triste es que calza perfecto con nuestras circunstancias.

Soy un cobarde, ¿lo recuerdas?  

Por eso merezco estar donde estoy. Justamente aquí donde apesta a mierda, o no precisamente a eso, pero huele a muerte. Y entonces le sigo el rastro imaginario a ese ahumado olor y me aparecen nuestros domingos de carnes a la parrilla y resuelvo que huele muy parecido a esa grasa que se aferraba al fierro todavía candente.

¿Qué tal te va con él, todo bien?

Luzco desconectado de todo. Luego zigzagueo la mirada y la aterrizo en el oscilante botón numero diecisiete de ese tablero. No lo vas a creer, tu sueño preciado se va a hacer realidad: voy a arder en el infierno. Otro lugar común, soy un desastre como escritor. Pero sigue leyendo, que loco no estoy. O sí, pero me queda poco de serlo porque te estoy escribiendo desde mi celular y resulta que soy huésped  de un ascensor a punto de incendiarse.

Ahora sí, realmente, voy a estar como te gusta verme: on fire.

Y pienso en todo eso que ya no vamos a vivir.   

Ahora, y no antes, es que me digo que en esto nada tiene que ver que ahora mismo esté encerrado en el piso diecisiete, de un edificio de más de treinta, que allá afuera todo arda y que pronto vaya a correr la misma suerte. Nada de eso. Bien sabemos que lo que no dije, o no hice, data de mucho tiempo atrás.  

No tengo miedo. Apenas y me siento como si estuviese en la fila del paredón de fusilamiento y debiera aprovechar mis últimos minutos en recrear en mi mente cosas bonitas o, tal vez, escribirle mil mensajes a mi madre diciéndole en todos que me hubiese encantado estar a la altura de su amor. Pero no puedo. Pasa que pienso en esa última palabra (amor) y apareces tú. Es en este punto que me repito algo que, contradictoriamente, yo mismo escribí: Quien no se juega por ti, está jugando contigo. Y, puesto a confesar, debería decir que sí, que jugué contigo. Te enamoré desde mis pocos, pero firmes, atributos: mis letras. Ya cuando lo conseguí, me sentí como aquel actor que siempre fue extra y, de pronto, pasa a ser el protagonista de una película de millonario presupuesto. Como el eterno futbolista suplente de una pobre selección que fortuitamente ingresa a la final de un mundial y mete el gol del triunfo en el último minuto. O peor, porque ellos quizás si hubiesen valorado ese  inusitado golpe de suerte.

Yo no.      

Es debido a eso, que  tengo claro todo lo que ya no vamos a vivir. Porque si no son las llamas las que me consuman, lo hará esta culpa que arrastro y que es, acaso, una fuerza mayor a las mismas lenguas de fuego que habrán de saborearme en minutos.

Porque ya no vamos a hacer tantas cosas. Tantas.

Ya no vas a corregir mis textos. Ya no vas a caer desmayada de placer. Ya no me vas a decir un verbo sinónimo para que no repita mucho otro. Ya no vas a leer en voz alta mis líneas en búsqueda de una mejor sonoridad. Ya no vas a llorar pidiéndome que nada acabe. Ya no voy a llorar pidiendo una última oportunidad. Ya no vas a llenar mi refrigeradora con cosas que le arrebatabas a la de tu casa. Ya no me vas a decir lo mucho que supones llorarás cuando presente mi libro. Ya no me vas a defender del odio de tu mejor amiga. Ya no vamos a ir a ese cementerio lejanoy tristea visitar a la hija, de apenas días, que perdiste. Ya no voy a secar tu llanto en ese momento. Ya no vamos a pelearnos por quien pone la próxima canción de Charly García. Ya no vamos a ir emocionados a comprar  libros. Ya no te doy a decir que fuiste mi salvación. Ya no vamos a mandarnos citas textuales. Ya no me vas a insistir en que le ponga una fecha fija a nuestra boda. Ya no vamos a pasarnos horas tirados en el pasto de cualquier parque fotografiando flores. Ya no vamos a cocinar nuestros platos preferidos. Ya no vamos a hablar borrachos de esos temas que no se deben hablar ebrios. Ya no vamos a emocionarnos leyéndonos poemas. Ya no vamos a comernos con las miradas mientras almorzamos con mi madre. Ya no vas a dormir apoyada en mi hombro. Ya no vamos a manejar esa antigua bicicleta en el malecón en invierno. Ya no me vas a abrazar mientras lloramos viendo una escena tierna de una película. Ya no vamos a gritar un gol de Alianza Lima. Ya no vas a soñar conmigo y llamarme de madrugada para saber si estaba bien. Ya no me vas a ayudar a celebrarle el próximo cumpleaños a Santiago. Ya no vamos a pensar en los nombres de esos hijos de los que ya no vamos a ser padres. Ya no vamos a curar nuestras heridas. Ya no vamos a prometernos que jamás nos dejaremos. Ya no voy a hablarte más de ella. Ya no vas a imitar mis lerdos pasos de baile. Ya no vamos a vivir amarrados a lo que queda vivo de nuestro amor. Ya no te voy a decir que sigo aquí esperando que vuelvas. Ya no me vas a dar a entender que él es mejor que yo. Ya no vamos a planear esa vida junta que nunca vamos a vivir. Ya no vas a pensar en mí antes que en ti.    
      
Ya nadie te va a joder la vida, Tortuga.  

Nadie.            











Carta abierta a un amor cerrado.


Y he tenido de esos sueños. Tú volvías y ya dejaba de escribir de ti, sin ti.   

Es de mañana y te estoy viendo caminar hacia mí. No me lo tienes que decir, te noto muy clara. Te veo convencida e intuyo que sigues creyendo que lo nuestro es una especie de Lego muy jodido de armar pero, eso sí, ya con las piezas completas.

Volviste.

Estamos caminando juntos. No hablamos, pero parecemos complacidos de estar juntos otra vez. Ahora estamos en la parte trasera de un auto, seguimos sin hablarnos y solo oímos una canción de Calamaro. Somos de una especie que desaparece, hasta nuestras diferencias se parecen, es lo que suena ahí.  

Volteo, amago mirarte y luego decido seguir escuchando el tema. En este instante, parecemos los personajes de esa película que nunca vimos juntos—sí, somos Tom y Summer—precisamente en la escena del ascensor y nos estamos mirando sin vernos. Pero no suena The Smiths, sigue Calamaro. Porque la música también nos unió. Y lo queremos a Calamaro porque es como nosotros: nada contra la corriente.    

Ahora estamos parados uno frente al otro en medio de un inmenso parque. Estamos con los brazos abiertos y se pueden ver nuestras manos repletas de cada una de las piezas del Lego. No falta ninguna. Y no se nos caen. Justo ahí y en ese instante es que nos reímos cómplices. Noto que te brillan los ojos de felicidad, no puede haber otro motivo.  

— ¡Volví!— dices emocionada y se te ilumina el rostro.
— Lo veo y no lo creo. Siento felicidad y miedo en iguales proporciones—digo con la mirada clavada en el pasto.
— ¿Miedo a que? —preguntas inquieta.
—A que nada esté pasando en realidad y que sean solamente mis ganas de que así sucedan las cosas—respondo con voz entrecortada.  
—Ah, ahora entiendo, tienes miedo a estar soñando—dices sonriendo.

Es extraño, esta vez parecía todo tan real. Sonaban nuestras canciones, decías nuestras palabras y se dibujaban nuestras sonrisas. Pero no lo fue. Era   un sueño y nada más. 

En fin.

Pero ayer te vi. Y no fue un sueño. Te vi. Estabas tan linda. Y no lo sabes, pero siempre voy a ver el mismo espectáculo—cada cuatro semanas en el mismo lugar y a la misma hora—con la gastada esperanza de buscarte entre la gente y, por fin, encontrarte. Y acercarme y no decir nada. Y pasar saliva. Y sentir como se llenan mis ojos. Y seguir sin decir nada. Y solo mirarte. Y olvidar todas las veces que imaginé ese encuentro para solo vivirlo intensamente. Y callar todas esas palabras que las noches—sin ti— me oyeron pronunciar. Y ser feliz solo viéndote. Y dejar que mis silencios hablen por mí. Y que todo sea como esa noche que apareciste entre la gente anunciando tu arribo a mi vida. Y callar como esa vez. Y huir como esa vez. Y perdernos de vuelta entre la gente. Y volver a encontrarnos. 

Y que ya no duela. 

Y ya no dejarnos.

Pero solo te vi. Y un poco morí. Creí estar preparado para eso, pero no. No me pude acercar y solo atiné a mirarte por unos pocos segundos, mientras me escondía entre la gente.

Minutos después, me acerqué a la barra del bar y compré una cerveza en el estúpido intento de encontrar algún arma externa que le incorporara a mi humanidad  alguna porción de ese arrojo con el que estoy seguro no he venido provisto a este mundo. Después salí, encendí un cigarro y lo fumé en silencio sentado en las escaleras de la entrada principal del bar. Solo pensaba y pensaba. Saber que estabas atrás de esas paredes, y justo atrás mío, era un contexto tan agridulce como duro de digerir y que explotaba en mis adentros.  

A los segundos, pasó por ahí “alguien” y solo puedo decir  eso. Yo estaba conmigo mismo y no necesitaba otra compañía. Solo sé que se detuvo y me hablaba sobre ningún tema. Pasa que mis ojos la vieron como una gran mancha multicolor y mis oídos la gozaron como la mejor película de cine mudo jamás filmada.    

Poco a poco, se me fueron quitando las ganas de enfrentarlo todo. Una vez más—sí, otra—mi desidia, temor o mis nulas intenciones de complicarme la vida le ganaron la batalla a mis ansias de mirarte a los ojos y decirte, cual balada antigua y cursi, que todavía no llega el día en que no te recuerde y que no me sienta un reverendo huevón por haberte perdido. Decirte, además, que cuando presente el libro que marcará mi real ingreso al circuito literario limeño es seguro que también voy a estar pensando en ti.

Me fui.

Estoy en la parte trasera de un auto—pero ya sin ti y en la vida real—es un taxi y estoy fumando pensando que no debí irme teniendo tantas cosas importantes (y otras no tanto) por decirte. Tengo un lío en mi cabeza. No sé si sonreír porque ya estoy a salvo de ti o llorar amargamente porque me estoy llevando conmigo todo eso que quise contarte.  

Y quise contarte tanto.

Quise contarte que hoy que te vi estaba seguro que te encontraría y que no sería como aquellas decenas de veces que desconsolado regresé a casa. Que hay un punto debajo de mi ojo que aún sigue ahí tras tres semanas, o cuatro, de aparecido. Que no estoy hecho para estar sin ti. Que Santiago ya tiene ya casi cinco años y sigue creciendo. Que suena “Stay” de Lisa Loeb, pero antes sonó “Adiós amor”, cosas del random cuando se entremezcla con la realidad. Que pronto voy a publicar una novela. Que, ojalá, y ya hayas  vuelto para ese momento. Que te la voy a dedicar, vuelvas o no. Que he llegado a la conclusión que el amor es como una religión a la que solo puedes seguir si la has experimentado; en la que crees y descrees según la cara de la moneda que te deja ver. Que este sábado se exponen algunas de mis fotos en un bonito lugar. Que la galería tiene bar y es seguro que ahí estaré parapetado en una silla leyendo muchas veces este texto. Que sigo escuchando la canción que cantaste para mí el día mismo de cumpleaños. Que cuando la escucho y asoma una lagrima, sonrió y me digo que es de alegría. Que no pensé colgar nada nunca más aquí, pero aquí estoy. Que alguna vez soñé con el día que te conocí y estoy seguro que me pude ver sonreír dormido. Que quisiera tener el aplomo de esos tiempos y decir algo que consiga, como esos días de hace muchos años, llamar tu atención para siempre. Que, obvio, tengo muy presente que estás lejos y que ha pasado mucho tiempo. Que podría decir muchas cosas sobre ese tema, pero aguardaré que vuelvas para hacerlo. Que bien dicen que cuando no lloras significa que ya no duele. Que, entonces, si duele y mucho. Que me va bien, muy bien. Que me mudo y ahora veré el mar al despertar. Que todo eso me importa una mierda y que mi único deseo es que el mundo me trague y me escupa en una isla donde estemos solos tú y yo sin ninguna otra comodidad que el solo hecho de tenernos.   

Quise contarte, Blue, que siempre te extrañé y que no hay más apuro que toda esta vida  que estoy malgastando sin ti.     

[“Cautivo y cautivado, de ti, por ti...”]   


[“Somos de una especie que desaparece, hasta nuestras diferencias se parecen…]


["I was here, but now I'm gone (so long, so long)..."]


["Now I know that I did something wrong 'cause I missed you. Yeah, I missed you..."]


["Tu no presencia y tu no besarme y tu no abrazarme serán mi gran tesoro…”]